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miércoles, 11 de abril de 2012

MEDIDAS ECONÓMICAS CON SENTIDO COMÚN (III): El vecino del quinto sigue igual...


Cuando pensábamos que habíamos dejado de lado el tristemente famoso “acoso de los mercados”, mira por dónde aquí está de nuevo.

Leyendo las distintas declaraciones políticas al respecto, parece como si fuera un mal de ojo que periódicamente nos acecha, y del que no nos conseguimos librar.

¿Por qué nos tratan tan mal “los mercados”? ¿Por qué no dejan en paz a España? ¿Cuál es la causa de nuestros males?

Tal vez la respuesta a esas preguntas la sabes mejor de lo que piensas…

Si cambias el nombre de “España” por el tuyo, y el de "mercados" por el de tu banco, entonces podemos reformular esas preguntas:

¿Por qué ME trata tan mal el banco? ¿Por qué no ME deja en paz? ¿Cuál es la causa de MIS males?

Ahora la respuesta parece más clara, tanto para España como para un particular acosado: Porque estamos endeudados; y lo que es peor: los que nos prestan dudan de que podamos pagar nuestra deuda.
¿Entonces los malvados mercados son al Estado lo que los bancos a mí?: EXACTO.
¿Entonces si los mercados acosan a España es porque debe mucho dinero?: EXACTO.
¿Entonces la famosa falta de confianza en los mercados hacia nuestro país es porque tienen miedo de que no les pague lo que les debe?: EXACTO.
¿Entonces es que España ha gastado en exceso y ahora ven que tal vez seamos capaces de reducir el gasto pero no de generar el dinero para tapar el agujero?: EXACTO.
 ¿Pero no estábamos tomando medidas para evitar todo eso?

Supongamos que, en un alarde de generosidad, se te ocurrió dejarle 1.000 euros al vecino del quinto en noviembre del año pasado.

Resulta que esa persona era algo vividora, como comprobabas por las numerosas fiestas que organizaba; y porque lo oías llegar a las tantas a su piso.

Sin embargo, en noviembre te dijo que iba a cambiar: Se vistió de una manera muy profesional, y además no hacía ruido. Bueno, es cierto que parecía desaparecido, porque no le veías el pelo casi nunca, pero supusiste que se debía a que estaba trabajando.

Por eso, no tuviste inconveniente en prestarle otros 1.000 euros cuando te los pidió hace unas semanas. Pero eso sí, quedaste con él en tomarte una cerveza para que te explicase qué tal le iba.

Hace un par de días llegó esa cerveza. Te contó que había decido ahorrar porque llevaba un tren de vida que no podía permitirse. Así que había decidido ducharse en vez de bañarse. “Bien –pensaste– ya es algo”.

Además, iba a quitar las luces de la terraza, porque realmente no las necesitaba. “No está mal –dijiste para tus adentros–“.

Y por supuesto –comentó– ya no dejaría la música encendida cuando no estaba en casa. “Ah, ¿pero es que la dejabas encendida?” “Uh, bueno… Sí. Algunas veces” “Vaya, no lo sabía. Pues sí, haces bien”.

“Oye –le preguntaste–, ¿y tus amigos?” “Muy bien, gracias”. “No, que si van a seguir en tu piso” “Hombre, no voy a decirles que se vayan...” “Ah, ya exclamaste–”.

“¿Y qué tal tu trabajo?, ¿has conseguido algo mejor?” “Bah, no. Todo igual”. “¿Entonces no ha mejorado, ni ganas más?” “Qué va. Es que he estado muy ocupado viendo cómo reducía los gastos que te he dicho”.

Terminas la cerveza. Os despedís y vuelves a tu casa. No sin antes llevarte la petición del vecino del quinto de que le prestes otros 1.000 euros.

¿Cómo está tu confianza en recuperar el dinero?

Pues eso, la prima de riesgo (que mide el riesgo de prestarnos dinero con respecto a Alemania) disparada, y la bolsa desplomándose.