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lunes, 4 de junio de 2012

EL RESCATE DE ESPAÑA (I): Manuel, el alcalde y la cantimplora


Manuel Tirado había salido a pasear como cada domingo; por la vereda del río de su pueblo. Un sitio que no sería el mejor del mundo, pero donde habían paseado antes sus padres y sus abuelos.

Allí podía contemplar unos robles centenarios, y oír el sonido del agua bajar desde la cordillera que se alzaba al fondo del paisaje, con su nieve en la cima.

Llevaba media hora caminando cuando se encontró con el alcalde.

- Hombre Manuel, ¿de paseo como cada semana?

- Pues sí, la verdad es que esto me da la vida.

- ¿Y no te has planteado nunca subir a la cordillera? ¡Allí sí que hay vistas!

- Calle, calle, eso me queda un poco grande: yo con mi paseíto me quedo más que satisfecho.

- Anda Manuel, no seas corto de miras. Venga, vamos a equiparte como Dios manda y te acompaño.

Y fue así como los dos se dirigieron a la tienda de alta montaña de Hans, el vecino exótico del pueblo…

- Aquí tienes: unas botas con Gorotex para que no pases frío en los pies, un anorak con triple forro polar, cantimplora de temperatura autorregulable para que no se congele el agua…

- Vaya, la verdad es que tiene todo muy buena pinta.

- Pues ya verás cuando empecemos a ascender la montaña: ni te vas a enterar. Te voy a hacer un alpinista, Manuel. Jajaja. Pon todo esto en mi cuenta, Hans.

Se fueron los dos camino de la cordillera. Al principio la subida era asequible, pero al poco empezó a ponerse más dura; aunque con la equipación apenas se notaba.

- Qué te dije, Manuel: ¿A que vas bien?

- Hombre, la verdad es que sí: subimos y no me entero. Y esto no tiene nada que ver con mi paseo... ¡Qué maravilla de paisaje!

Pero de repente se desencadenó una tormenta. La ventisca apenas les dejaba ver, y hacía mucho frío.

- Sr. Alcalde, estoy empezando a asustarme. Y si le digo la verdad, creo que voy a necesitar otro abrigo de estos, porque estoy tiritando.

- Aguanta Manuel, que pasará pronto; y cuando lleguemos arriba verás que ha merecido la pena.

Pero el tiempo pasaba y Manuel estaba cada vez más congelado; y con miedo. Se empezó a acordar de su tranquilo paseo junto al río, sin esas vistas espectaculares, pero que a él le recordaban a sus padres y sus abuelos…