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lunes, 17 de septiembre de 2012

EL SISTEMA (I): ¿Dónde está nuestro trigo?


Cuenta la leyenda que en un reino no tan lejano existía un gran castillo junto al mar, que dominaba un extenso país poblado por sus súbditos.

Era un paraje feliz y próspero, especialmente dentro de las murallas, ya que desde lejos podían oírse sus fiestas suntuosas y la alegría de los que allí residían.

Pero los habitantes del reino vivían contentos, pues al fin y al cabo ellos tenían también una vida confortable, y el castillo les daba protección. Por eso aceptaban entregar algunos sacos de la cosecha de cada año para que comieran los señores, y otros pocos que se almacenaban para los tiempos de escasez.

Un año vino una mala cosecha, y desde el castillo acudieron a repartir los sacos de trigo almacenados para que la gente pudiera comer. Pero Martín, el boticario, se percató del extraño color del trigo proveniente del castillo. Se reunieron entonces todos en la taberna, y Segismundo, el más viajero de todos, sentenció que se trataba de trigo de la Germania.

Ante el alboroto general, Martín los tranquilizó advirtiéndoles que ese trigo era igual de bueno que el suyo. "¿Pero por qué han de mandarnos trigo de la Germania y no el nuestro del almacén?", replicó Blas el herrero; a lo que nadie pudo responderle

Sin embargo, cuando llegó un segundo año de mala cosecha, apenas llevaron trigo desde el castillo, y los habitantes empezaron a pasar hambre. Llegó a ser tal la carestía, que un día todo el pueblo decidió acudir al castillo: Se dirigieron en tromba al almacén del trigo allí custodiado, entraron y... ¡Estaba vacío!

Indignados, casi la emprenden a golpes con el emisario del rey, que les explicó que el trigo del almacén se agotó en las fiestas del castillo, pero que no había problema: La Germania se había prestado gustosa a seguirles dando parte del suyo.

"¡¿Parte del suyo?!" Gritó el herrero Blas, que ahora veía cómo el tiempo le daba la razón. "¿Por qué he de comer trigo germánico y no el nuestro?", siguió cada vez más exaltado. "¡Si no os hubieseis comido nuestro trigo en el castillo ahora no tendríamos que depender de ellos¡"

Sólo consiguieron calmarle, cuando ya movía más de la cuenta su martillo pilón, al anunciarle que al día siguiente vendría a visitarles la Reina de la Germania.

Y todos comenzaron a adornar el castillo para tan magno evento, más por los carros de trigo que traería que por el agasajo a la extranjera...

... Pero esa es una historia para ser contada mañana.