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jueves, 21 de febrero de 2013

EL SEÑOR Y EL MULERO: Debatiendo el estado de la Nación


Nos hemos reunido, señores marqueses, condes y heraldos, para el bien de nuestro pueblo.

Ya sé que algunos no me quieren como rumbo, y que incluso después de diversos escándalos protagonizados por mis allegados dudan de mi guía, pero aquí estoy, con pulso fuerte.

Vengo hoy a insistiros en el camino que mejorará la vida de nuestras gentes, y nos hará ser de nuevo la envidia de las naciones cercanas y lejanas; con unas medidas que quiero discutir con vuecencias.

Dedicaremos parte de nuestro oro a limpiar las calles, y construir mejores caminos. Haremos que el pueblo ponga flores en las plazas, y candelas colgadas de las paredes.

Fomentaremos estudios para ver cómo hacer que nuestras gentes tengan salarios que llevar a sus casas, y lleguen a vivir con pan en el cuerpo y paz en el alma.

Pensaremos cómo procurar que los más hábiles sean ayudados en sus oficios, y hagan viajes de comercio a las naciones vecinas.

También…

- Perdón, señor.

(Silencio en el salón del castillo, que se transforma en estupor al ver quién levanta la voz)

- ¿Quién me llama?

- Soy yo, señor, su humilde servidor y solícito mulero.

- ¡Pardiez!, osado eres alzando tu voz entre tan altos dignatarios.

- Es que, señor, me han gustado mucho sus propuestas.

(Rumor entre los marqueses, condes y heraldos).

- Me alegra saber eso de tan avezado servidor.

- Pero una cosa, señor.

- Dígame, mulero.

- Ha dicho que se arreglarían los caminos, y que los habitantes pondrían flores y encenderían las candelas.

- Así es, mulero.

- Pues no va a poder ser.

(Rostros de sorpresa seguidos de indignación entre los presentes por el atrevimiento)

- Hirientes palabras diriges a tu señor.

- Es que… Ya no queda nadie: el que no ha muerto se ha ido; y la desesperación de los que quedan no puede esperar más.


Dedicado al Debate del Estado de la Nación.