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martes, 17 de julio de 2012

LA PESADILLA, EL IVA Y EL ACANTILADO: Los sueños, ¿sueños son?


Anoche me desperté en medio de una pesadilla que aún no me dejaba ver si seguía dentro del sueño o en la realidad.

Estaba en el borde de un acantilado, con fuerte viento, caminando por una estrecha vereda.

No había andado ni diez metros, cuando vi venir a un señor con traje, que me dio un tremendo bofetón; tanto que casi me caigo por el acantilado.

Ante mi expresión medio de sorpresa, medio de enfado, el elegante señor me dijo: "¿De qué te quejas? ¿No te das cuenta de que es por tu bien?: Para que no te distraigas y te caigas por el abismo..."

La verdad es que la explicación no me convenció mucho, pero seguí por la senda con gran temor a caerme.

A los cinco minutos, alguien me tocó por la espalda. Me giré y apenas alcancé a ver a otro señor, también de elegante vestimenta, cuando me propinó un puñetazo en la boca del estómago que casi me deja sin sentido.

Arg, arg, -jadeaba-, mientras oí que me decían: "Lo siento, pero era el puñetazo o que te cayeras por el acantilado".

Y así continué, encorvado, andando a trompicones por la estrecha vereda, hasta llegar un momento en que no podía más. Me agarré entonces a una rama saliente, pero se me escapó de las manos, pues era en realidad una fusta, con la que me dieron repetidamente en las posaderas.

Comenzó entonces un señor vestido de negro -con acento extranjero- a hablarme, pero le interrumpí airado: "Ya sé, ya sé: Es por mi bien".

Pero vi cómo el tío de negro sonreía, mientras me decía: "Qué va, por tu bien lo hacían los anteriores; yo lo hago porque es mi misión"

Así que, tras el bofetón del IVA, y el puñetazo de la paga extra de Navidad, me encontré con el hombre de negro -europeo- fustigándome las posaderas para que cumpliera los objetivos económicos.

Y me di cuenta de que ese bofetón y puñetazo no habían servido de nada, porque la senda seguía discurriendo junto al abismo, y no se había creado una nueva, más alejada del peligro.

Y ahí me tenías a mí, antes de despertarme, decidiendo si seguir recibiendo bofetones, puñetazos y latigazos, o tirarme definitivamente por el acantilado; harto de recibir golpes por parte de todos.

Menos mal que me desperté. Y la realidad era distinta... O no.


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