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viernes, 10 de mayo de 2013

PYMECIENTA, LA MADRASTRA Y EL PRÍNCIPE ESTADO


Pymecienta era una pobre empresa pequeña a la que nadie hacía caso. Trabajaba de sol a sol, con agobios, y sin que apenas le pagaran por sus esfuerzos.

Buena parte del día lo dedicaba a arreglar la casa de su madrastra, la Administración Pública, mientras ésta se gastaba mucho dinero en grandes fiestas y en ayudar a sus amigos; olvidándose de la pobre Pymecienta.

Un día, el Príncipe Estado decidió organizar una fiesta para que acudieran sus súbditos. Pymecienta se puso muy contenta, se quitó el uniforme de trabajo, y cuando se disponía a salir...

- ¿Adónde vas Pymecienta?

- Madrastra Administración Pública, voy a la fiesta del Príncipe Estado, para ver si consigo que me ayude.

- Jajaja, qué tonta eres, Pymecienta: Allí sólo pueden ir empresas grandes y los amigos del Príncipe a pedir ayudas.

Y así se quedó la pobre en casa llorando, porque nadie le daba no ya una ayuda, sino siquiera un mísero credito.

Pero entonces, tras un fogonazo, se le apareció su Hada madrina, que al verla desconsolada le dijo:

- No llores, Pymecienta, te voy a transformar en Banca en apuros para que puedas ir a la fiesta. Pero recuerda que debes marcharte antes de que llegue el Auditor europeo, ya que si no lo haces, se verán los agujeros que hay ocultos en tu vestido.

Fue así como Pymecienta pudo marchar a la fiesta del Príncipe Estado, montada en una preciosa carroza decorada con grandes sueldos; y tirada por los ahorros de toda la vida de mucha gente.

Cuando llegó a la celebración, encontró muchos manjares: préstamos del Banco Central Europeo al 0,5%, avales estatales baratos y abundantes, y hasta una fuente de ayudas directas.

Al ver el Princípe Estado a la bella Banca en apuros, se acercó presuroso. Le dio como presente un par de zapatos, y la quiso presentar al Auditor europeo. Se acordó entonces nuestra amiga del consejo del Hada, y salió corriendo en su carroza, antes de que se descubriesen los agujeros que tenía en su vestido.

Aunque ya era tarde, pues mientras marchaba a su casa, los grandes ahorros de toda la vida que tiraban del carro se transformaron en ridículas participaciones preferentes, y ella de nuevo en una simple empresa pequeña a la que nadie quería.

Iba nuestra pobre Pymecienta llegando a su cuarto cuando se le cayó uno de los zapatos, que recogió su Madrastra:

- ¡Dame mi zapato, Madrastra Administración Pública!: Me los ha regalado el Príncipe Estado.

- Está bien, quédatelo, le dijo la Madrastra, ante el asombro y algarabía de nuestra pobre amiga.

Y fue entonces cuando Pymecienta tuvo que salir corriendo... Porque la Administración Pública, enfadada de que tuviese algo, le subió el Impuesto de Sociedades al 35% y tuvo que dejarle su vestido.

¡Estaba desnuda!